Pan de 95 Octanos por Daniel de la Puente

19
Ago
2011

Que en los últimos tiempos algo se mueve alrededor del pan, es un hecho.  En uno de nuestros primeros post hablábamos de los panarras caseros y de varios de sus blogs y de gente amante del pan que hemos conocido como Elena, Juantxo, Ibán, Teba y un montón de gente con criterio y que nos hacen ponernos las pilas a los panaderos.

Me consta que algún profesional los ve como intrusos pero creemos que están haciendo mucho por dignificar el pan (el buen pan). Además en el mundo de la restauración cada vez es mayor el interés por nuestra labor. Y hay críticos que puntúan el pan en sus valoraciones y en muchos blogs y artículos hay referencias.
Nos ha llamado la atención este post escrito por Daniel de la Puente en el blog de David de Jorge donde colabora habitualmente.
Se lo hemos pedido prestado y aquí está. Gracias.
Surtidor

Surtidor

O del pan nuestro de cada día, dánosle hoy y perdona nuestras ofensas.

Antaño, una afirmación aparentemente irrelevante llegó a convertirse en una sentencia terrorífica:

-¡Cariño, voy al estanco de la esquina a por tabaco!

Y luego, llegaron el divorcio express, la ley anti-humos y otras mandangas, y la necesidad de bajar a por tabaco se redujo drásticamente.

Desde entonces, otra frase se está convirtiendo en el terror de los matrimonios (aunque los abogados se frotan las manos)..…

-¡Cariño, voy a la gasolinera a por el pan!

-¡Noooooo! ¡Por nada del mundo! ¡Quédate con la vajilla que nos regaló tu madre! Pero ese pan te lo comes tú.

Y es que en el pan que nos obligan a comer falta precisamente el ingrediente principal: un poco de amor.

Panes precocidos, precocinados, preguisados, ultracongelados, semicocidos, prehorneados, mediorefrigerados… ¡Por los clavos de Cristo! ¡Es una condena!

 

pancarta

Pancarta

Se hace cada vez más difícil encontrar una buena tahona, como las de antes. Con ese olor inconfundible, cálido y delicioso de la masa creciendo en el horno.

Es casi imposible encontrar pan de superficie dorada, de blanco prístino en el interior, esponjoso, sabroso… Ese pan del que se presumía en algunas grandes ciudades.

¿Y qué nos dan a cambio? Quién sabe… Pura química. Puaj.

Esa presunta “barra de pan” que cuando llega a casa desde la ¿panadería? ya está más dura que el granito de mi pueblo… Que los días de lluvia necesita un poquito de viagra y que los días de calor necesita bastantes preliminares de lo secorra que está. Que acaba de ser contemplada en el nuevo código penal como arma mortífera arrojadiza.

Lo siento. Me gusta complicarme.

Me gusta que el pan sepa a pan, que la harina de las hogazas embadurne el talego en el que las transporto, que deje el asiento del coche perdido –porque tengo que ir en coche a por un buen pan, o en metro)– que huela mejor que el mejor perfume…

Me gusta apoyar la mediana en la pechera y empezar a sacar rebanadas a cuchillo, dejando el suelo perdido de migas ante la mirada asesina de mi madre.

Me gusta pasar por la panadería del pueblo (de Paula y Tito) y que el aroma que desprende mueva mis jugos gástricos y que me entren unas ganas locas de volver a desayunar a las siete de la tarde. (Pero el pueblo lo visito de uvas a peras, una pena).

Me gusta que el pan tenga cariño. Y no lo encuentro.

En mi sueños de “apanarrao” aparecen todavía algunos auténticos Panaderos –sí, sí, con mayúscula– valientes y otros animaos que desde distintos puestos intentan que renazca ese viejo amor por el pan (nuestro de cada día).

Ese es el otro ingrediente: la valentía.

La valentía de aguantar noches cortas y años largos, de vivir una única estación en el año: el calor. De ojeras y desvelos. De viajes en busca de la masa imposible, del pan bendito… De la fórmula que seguirá haciéndonos irreductibles.

¡No nos abandonen! Sigan poniendo en su pan Amor y Valentía.

Nota al pie:

Desafortunadamente, en Madrid casi han desaparecido las tahonas y hasta es difícil encontrar una asociación exclusiva de panaderías. Entre los pocos que venden buen pan están Le Pain Quotidien (¿por qué nos invaden las franquicias?) y Cosmen & Keiless –en tiendas como las de antes, fabulosas–. En Barcelona, por el contrario, existe un gremio de panaderos que distingue a aquellos profesionales que elaboran sus productos de forma artesanal. Paseando por el barrio de Gracia y atraído por el olor irresistible de la panadería Turris surgió la inspiración de este “cabreo de 95 octanos”. En Vitoria se encuentra otro oasis en Artepan.

¿Cuándo llegará el día en que el aroma del pan recién hecho salga de nuestros ordenadores?

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2 Comentarios

  1. Comentado 19 agosto, 2011 a las 19:01 | Permalink

    !Olé! Desde Italia, donde también libran una dura lucha contra el pan de pacotilla, me adhiero al club de los panarras de Daniel de la Puente, David de Jorge y Txema Pascual que reivindican los sabores de siempre. Y lo hago desde la vergüenza: CONFIESO QUE YO TAMBIÉN ME VEO CONDENADO A COMPRAR A VECES PAN QUE HA NACIDO EN UN CONGELADOR Y NO EN UNA TAHONA COMO LA RAZÓN MANDA. Vivimos rápido y así nos va… Fatal.

  2. Jokin
    Comentado 23 agosto, 2011 a las 11:46 | Permalink

    A este paso les van a llamar Panolineras. Una salida sería que las panaderías, consiguieran licencia de venta para vender mala gasolina. Y poner un surtidor en sus despachos, con un folio escrito a mano colgado de los estantes del pan; “Hay gasolina de primera. Recien importada de Libia” Pero sería rebajarse demasiado.
    Yo, José Manuel, te aconsejaría que compraras pan ecologico ya cortado en rebanadas finas en una buena panadería y lo metieras en el congelador en una bolsa de papel, como plan de emergencia. Sacas lo que necesites y a funcionar.
    Os dejo, que tengo que ir a la ferretería a comprarme un piso.

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